domingo, 5 de enero de 2014

Grandes cantantes mozartianos

  Ante todo: ¡Feliz 2014 a todos! Espero que tengáis un buen año, musicalmente hablando. Decidimos empezar el año con un disco de Mozart, y cogimos este. Hablamos de un largo camino operístico entre el siglo XX y XXI.


  





  Si en los años cincuenta y sesenta un teatro deseaba contratar a un tenor mozartiano símbolo de elegancia, musicalidad y belleza de medios, no había ningún problema de decisión. Éste se llamaba Fritz Wunderlich, nacido en 1930 y muerto prematuramente en 1966 a causa de un accidente doméstico.



  Precisamente cuando era Fritz Wunderlich el Tamino oficial de la Ópera de Viena, fue el momento en que la soprano checa Lucia Popp, nacida en 1939, triunfó allá como una cristalina Reina de la Noche, dando una excepcional carrera que se truncó de improviso en noviembre de 1993, cuatro días después de cumplir sus 52 años. La Popp cantó un repertorio amplísimo, checo por supuesto, italiano, francés, ruso y alemán, de Händel a Othmar Shoeck o Hans Pfitzner, con especial dedicación a Richard Strauss y, especialmente, Mozart. Su preparación técnica, la inteligencia musical y su capacidad dramática le premitieron la ascensión en la escala de soprano mozartiana.

  Decía Wilhelm Furtwängler que el bajo Gottlob Frick (1906- 1994) poseía la voz “más negra” de todos los cantantes germanos que él había conocido. Negra en el sentido de oscura, grave y poderosa.

  La maravillosa soprano catalana Victoria de los Ángeles (1923- 2005) no se asocia tanto al mundo mozartiano como podría hacerse con Pilar Lorengar o Teresa Berganza, dos ilustrísimas representantes del canto del salzburgués -se podría añadir un tercero, el gran Alfredo Kraus, en ocasiones un Don Octavio o un Ferrando extraordinarios-, pero dada su excelente preparación y su sensibilidad, a prueba de estilos y repertorios, le permitió ser en alguna ocasión una excepcional condesa Rosina en el Metropolitan de Nueva York en 1952, dirigida por el buen mozartiano, a más de excelente director en el repertorio que escogiera, que se llamó Fritz Reiner.

  Elisabeth Schwarzkopf tiene más de 90 gloriosos años, pero puede estar orgullosa pues es una de las cantantes más famosas, preparadas y admiradas de su generación. Schwarzkopf, es capaz de resolver todos los problemas vocales que plantea las páginas: saltos de octava, notas extremas graves y agudas, coloraturas, aliento y empuje.


  Anton Dermota (1910- 1989) es uno de los nombres de tenor que han entrado en la mitología del canto moderno sobre todo como intérprete mozartiano. Sus personificaciones de Belmonte, Ferrando, Tamino y Don Octavio, de las que ha dejado suficiente documentación discográfica en diferentes instantes de su carrera y bajo las batutas más insignes, son modelos imbatibles de caracterización mozartiana que el paso del tiempo no hace otra cosa que perfilar aún más. Voz redonda y ancha de centro, rica de colorido y extensa, la elegancia innata de su canto y la musicalidad genuina más la variedad de matices le han convertido en una referencia imperecedera.

  Josef Greindl (1912- 1993) sí era alemán, y bávaro para más datos. Voz grande, potente, oscura y extensa, es decir, de auténtico bajo; tales medios le condujeron lógicamente a convertirse en uno de los grandes intérpretes wagnerianos de su generación, pero sin olvidar un vehículo mozartiano infalible para sus excepcionales medios quedaran debidamente documentados: el Osmin de El rapto en el serrallo.



                  
  Ludwig Weber (1899- 1974). Los medios no son de tan inmediato y sorprendente impacto, pero están manejados con astucia y flexibilidad, teniendo en cuenta que, en esta definitiva página solista, Mozart pide a su intérprete una agilidad vocal que no todos los detentadores de la cuerda pueden traducir con la comodidad necesaria.

  Irmgard Seefried, fue la que dio nombre de soprano al mundo mozartiano de los cincuenta. La voz de Seefried se adueña de uno desde el momento en que se la escucha. Hay algo en ella de irreal, de mágico, de divino, de otra dimensión. Quizá el secreto esté en ese colorido etéreo o la manera en que nos dice las cosas, en cómo maneja las notas. O en la suma de todo ello.

  Tito Gobbi (1913- 1984). Irrefrenable admiración ante este Fígaro de voz clara, soberano del matiz, que no deja una frase sin resolver y sin darle el contenido que nos parece el más justo. Sin embargo Gobbi, solía ser más “Verdiano” y “Pucciniano”.

  Ezio Pinza fue, aparte de un gran intérprete verdiano, un mozartiano de nivel demostrando esta disponibilidad sobre todo en el Met neoyorquino, en especial como Don Giovanni, alas órdenes de geniales directores como Bruno Walter o sólidos profesionales como Ettore Panizza.
  George London (1920- 1985). Este bajo-barítono canadiense tenía una voz muy personal, perfectamente reconocible por el hermoso color y su opulencia, y añadía la elegante y atractiva presencia que el buen actor que era sabía utilizar y manejar, cualidades que hicieron de este versátil artista, además de un Boris Godunov y un Scarpia, un Don Giovanni referenciales.
  


  Con Sena Jurinac (1921) nos reencontramos el canto mozartiano femenino con mayúsculas. Es una voz que por cuadratura, colorido y volumen se enmarca dentro de las premisas necesarias que exige el compositor, a las cuales el talento y la musicalidad de la cantante yugoslava añadían el resto.

  El barítono vienés Erich Kunz (1909- 1995) fue un especialista mundialmente aclamado de Fígaro, Guglielmo, Papageno y Leporello, entidades que se encuadraban perfectamente en su vocalidad (clara y corta de volumen y registro, pero suficiente para los personajes elegidos) y que, además, gracias a su sensibilidad de músico y a su talento de actor, sabía resaltar como pocos en un escenario operístico.

  La bella y sensual Anna Moffo (1932) cierra este ramillete con un aria perteneciente a una de las primeras óperas de Mozart (se estrenó en Salzburgo en 1775) que por su belleza, concepto y desarrollo anuncian ya al Mozart más reconocible. Esto explica que en tiempos poco favorables para el compositor y menos para estas obras de juventud, allá por 1924, la espectacular soprano austriaca Selma Kurz grabara la página, enriqueciéndola con una cadencia escrita para ella por el propio Camille Saint- Saëns.


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